Supertupper

Cine, literatura, teatro, música, comics, televisión... Pequeñas anécdotas y retazos de vida... Cualquier cosa-cualquiera- puede ser guardada en este pequeño gran supertupper.

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lunes, 22 de julio de 2013

Diario de una tuppernauta en tiempos de crisis

Queridos tuppernautas: 


Ese día había tenido que ir a Madrid para solucionar cierto papeleo que andaba arrastrando y al que no había podido dar carpetazo aún, por lo complicado que suele resultar casi siempre lidiar con los indeseados trámites burocráticos. Y es que si la mala fama los acompaña, será por algo ¿o no?

Pues bien, aquellos indeseados e indeseables tuvieron la osadía de robarme casi todo el día -como ya imaginaba cuando me decidí por emprender esa batalla-, así que hambrienta, ya que ni siquiera había podido probar bocado alguno, y dado que me pillaba de paso, opté por coger el Metro hasta Pío XII  y dirigirme -ya andando-, hacia la calle de Alfonso VIII.

Nada más subir las escaleras de la única salida disponible que me despedían de la boca de metro, a medida que iba ascendiendo hacia la superficie, comencé a sentir como la fresquita y apacible brisa del incipiente otoño se apoderaba de mi cuerpo y me devolvía a la vida, despertándome de mi momentáneo letargo para hacerme resurgir de mi atontamiento de papel, tinta e interminables colas.

Clavada como una farola en la aparente lustrosa acera y tras una profunda inspiración de cinco segundos, al fin empecé a andar camino de aquel olvidado paradero.

La última hora de la tarde lucía unos colores espectaculares, el tiempo me acompañaba favorable por la larga avenida que discurría sin abruptos impedimentos. No podía dejar de sonreír, montones de recuerdos -buenos y no tan buenos- se me agolpaban en la memoria, peleándose por saludarme a cada paso.

Hacía mucho tiempo que no visitaba aquella zona y lo cierto es que seguía más o menos igual. El mismo aire de rancio y alto abolengo se respiraba por la cara externa de esos altaneros muros, que siempre me provocaron un intenso escalofrío.

Mientras andaba, sumida en mis pensamientos, no dejaba de recordar, de pensar... Allí estaba de nuevo y parecía que el tiempo no hubiera pasado jamás, como si se hubiese quedado anclado en la época del silencio. Allí estaba yo otra vez, aproximándome a la avenida del Comandante Franco y a la calle de Alfonso VIII, con paso firme y ligero, disfrutando a mi manera del tiempo y del lugar.

Cuando me dispuse a dejar la avenida de Pío XII, para adentrarme en esas calles de tan sonoras e históricas denominaciones, mi mirada se detuvo en seco durante un breve pero certero instante en unos guantes que me parecieron de seda negra, y que alimentaban a todo un corrillo de palomas. A mi derecha, en un banco de ajada madera oscurecida muy pegado al arcén de la calzada, plantada como si el mundo no existiera, pude distinguir su enjuta y lánguida  figura.

Se trataba de una mujer de mediana edad, tal vez de unos cincuenta y cinco años ... no me atreví a examinar su rostro en profundidad. Me llamaron la atención los extraños guantes que exhibía, y la elegante y afectuosa manera de cuidar de esas aves hambrientas. Ella sonreía levemente, con gesto de vacío y derrota, mientras una paloma se apresuraba hasta mis pies, lanzándome un arrullo de sonora bienvenida.

Huí el rostro a su melancólica mirada y seguí mi camino. Me dio vergüenza perturbar su calma y allí la dejé con su encomiable labor, rodeada y admirada por aquellos pájaros en derredor de las grises, gélidas e inquisitivas fachadas que flanqueaban ese lugar, a mis ojos, cada vez más enigmático.

El manto lumínico de tonos ámbar y carmesí del atardecer comenzaba a cubrir toda la travesía, trazada en cuesta. Me costaba mantener los ojos abiertos ante la intensidad de las luces del ocaso, que luchaban desesperadamente por no acabar desapareciendo en la noche impaciente. Con mi mano izquierda intentaba protegerme, tapándome como podía para que mis ojos no siguieran sufriendo la tortura de esa belleza cegadora.

Mirando al suelo, fue entonces cuando me fijé en la increíble hojarasca crepitante que tapizaba la acera a mi paso, metamorfoseándose, gracias al baño de luces que me deslumbraban, en una espectacular alfombra escarlata.

Al cabo de unos veinte minutos, y sintiéndome como la estrella protagonista de una película extranjera, obnubilada por los focos y recibida en tan hermosa alfombra, llegué a mi destino final: el número 11 de la avenida del Comandante Franco, esquina con Alfonso VIII.

La enorme placa numérica, que presidía la impresionante y pesada puerta metálica que constituía la entrada principal de la residencia, no dejaba lugar a la duda.

Nada parecía haber cambiado, salvo quizá la pintura que recubría las paredes de la fachada, y que recordaba con matices ocres y no en esos grises tan apagados y oscuros.

Durante cinco segundos la miré de arriba abajo sin pestañear. Acto seguido me decidí por llamar al telefonillo, que se encontraba ubicado justamente en la pared del lado izquierdo. Lo cierto es que nunca he podido comprender el porqué de ese empeño en que aquel estrafalario y desorbitado mamotreto, robara gran parte del espacio del muro para tan solo cuatro insignificantes botones. Me fue imposible fallar.


-Buenas tardes. ¿Quién llama?- vociferó una voz grave y contundente que reconocí al instante.

-¡Hola! Soy yo, papá.

-¿¡Cecé!?

-Sí, estaba por la zona y me ha dado por hacerte una visita así de improviso ja,ja,ja ...
Ya me conoces... Ábreme y ahora te cuento...


Mi padre algo sorprendido me abrió en un santiamén -vía corriente eléctrica- la voluminosa y blindada puerta exterior. Una vez dentro de la vivienda, la cerré rápidamente. Y a unos pocos pasos, como recordaba, me aguardaba una puerta de barrotes de hierro, una especie de verja por la que se dejaba entrever el empedrado de un pequeño patio interior. Avancé recorriéndolo lentamente y todavía podía sentir la añeja y taciturna solemnidad, por la que siempre se había caracterizado.

Sin perder más tiempo, no tardé en dirigir mi mirada ansiosa hacia la izquierda, donde un telón de cañas de bambú imponía su presencia en el filo del plomizo empedrado, con una colorida frescura que contrastaba al romper con la armonía monótona y sombría, que inundaba aquella lúgubre atmósfera.

Era como una especie de cortina traslúcida de naturaleza que separaba dos mundos. La línea divisoria entre las luces y las sombras, que daba paso a uno de los mayores tesoros de mi infancia.

Diez años habían transcurrido ya desde la última vez que lo vi. Allí estaba de nuevo, y el telón se abría ante mis ojos para ofrecerme la belleza de aquel oasis oculto entre los muros de frío hormigón.

Quise quedarme durante un largo rato contemplando toda la hermosura que me brindaba ese precioso jardín, cuya magia conseguía trasladar mi imaginación a increíbles lugares y a otro tiempo de siglos atrás.

El mejor recibimiento que podía tener. El verde del césped en su punto perfecto. Fresco y sedoso. La transparencia de la brisa y el agua, fundiéndose en una espléndida fuente de pequeñas dimensiones, construida en piedra de caliza. Quizá una imitación de alguna fuente del siglo XVIII. De esas que constaban de un pilón circular sobre el que se asentaba una columna labrada, y en la que aparecían esculpidos diferentes motivos alusivos al escudo heráldico de Madrid. Que lo fuera, nunca me importó.

Y todos los colores. Un sublime collage de diferentes naturalezas vivas. Un juego de flores de colores perfectamente entrelazadas y regadas con el agua de la felicidad, que repintaba casi un cuadro impresionista del mismísimo Claude Monet, dando vida a una especie de reinventado jardín de Giverny. 

Una auténtica obra de arte -os lo aseguro- cuyo artífice, el artista, no era otro que mi padre: don Valentín Llorente Montero, el portero que aún hoy custodia el viejo edificio. 

Más conocido como el Panilla por toda la zona de Chamartín, todavía los más longevos le recuerdan por su pasado como el panadero de un pequeño negocio familiar que le robó media vida, y del que ahora solo quedaba ese cariñoso apodo tan especial. 

En su interior, al abrigo de aquel guardián, otra vez con los pies descalzos y sin reloj escondida en su paraíso particular, jugando con la imaginación y el tiempo, la niña emocionada volvió a verlo. 

-¡Eres tú, has vuelto! Sabía que lo harías. Te estábamos esperando. 


Continuará ...


PD: Primer capítulo de Las historias del Panilla. Dedicado a mi padre, uno de los mejores porteros de Chamartín y el mejor jardinero, sin duda. 





















lunes, 8 de julio de 2013

Diario de una tuppernauta en tiempos de crisis

Queridos tuppernautas: 


¿Cómo conseguirlo? ¿Cómo lo hago? ¿Cómo lograr que no me importe?

Cuando ya han pasado más de mil y una noches. Cuando ya son más de ocho años y sigue importándome. 

¿Por qué? ¿Para qué? Sí, sí ... lo sé. Irrumpe de nuevo la tormenta perturbadora de las eternas preguntas. Tranquilos, no os preocupéis. Es solamente que -como ya enunciara uno de mis sabios preferidos- cuando creemos tener todas las respuestas, va el universo caprichoso  y nos cambia las preguntas de tiempo, de lugar … Las palabras … los significados …

Queridos tuppernautas, lo único que tengo claro es que no soy perfecta. Nunca he conversado con la perfección. No la conozco. ¿Existe? Tal vez, quién sabe … Yo solo soy un ser humano más con sus fortalezas, sus debilidades, con sus miedos y sus sueños.  Nada más y nada menos: un ser humano.

Lamentablemente hoy las preguntas han regresado. Si ya no soy feliz por qué sigo haciéndolo, para qué lo hago. 

A veces, hay tardes en las que me cuesta reconocerme. Al rato, me miro al espejo en las noches y no me reconozco. Tal vez me ciega el reflejo del nerviosismo, el estrés, el enfado, el agotamiento, la frustración … qué sé yo. La tristeza se hace mayor.

Y me veo pequeña, muy pequeña. Tanto como la negra hormiguita, la que intentaba esquivar las pisadas malintencionadas, vengativas y dañinas de los malvados príncipes de rostros preciosos y almas turbias. En aquel cuento que nunca encontró su final, atrapada en el bucle infinito de la desesperación. 

Mis queridos tuppernautas, estoy cansada. Hoy estoy muy cansada. Mucho. El cuerpo me pesa como un ancla de quinientas toneladas, que se clava como Excalibur en la roca más sólida de la tierra y del mar. Mi alma ya no puede seguir arrastrándose más, cuando ya casi ni recuerda el sonido de sus risas. Demasiadas injusticias lo llenan. Demasiados silencios la atan. Hoy la burbuja ha explotado. 

¿Acaso ayer mi vida era una batalla? Pues la he perdido. Hoy me rindo. Bandera blanca. Mi rendición en su bandeja de plata. No quiero llorar más. Ya no puedo. Me lo debo a mí misma. Las lágrimas se han secado. 

Queridos tuppernautas, permitidme hoy estar triste. Lo estoy. He perdido. Es absurdo seguir recorriendo este ilógico camino. ¿Qué sentido tiene cuando te das cuenta de que realmente es el camino equivocado? ¿De qué sirve entonces correr?

Y tal vez sea ahora la hora de tomar una decisión. Tal vez sea el momento de hacerlo. O tal vez sea … Tal vez sea que simplemente necesite un momento de paz. Permitidme este momento de debilidad. 

Todos y cada uno de nosotros tenemos el derecho a estar triste. No es algo malo. A veces es inevitable y a veces tan necesario como indeseado. Tenemos ese derecho pero también el deber de levantarnos y seguir hacia delante, cambiando el rumbo si es necesario, izando las velas y siempre ojo avizor en busca de esas sonrisas miedosas y escondidas. 

Cuando se lleva tanto tiempo siendo fuerte en extrañas guerras sin final, es comprensible sentirse vencido por el cansancio y el abatimiento. Que no os dé vergüenza nunca llorar como un niño. Llorad hasta desahogaros del todo. Hasta que las lágrimas se hayan secado. Que no os dé vergüenza jamás. Hoy los valientes también lloran. Hoy los valientes también tienen miedo. 

Mis queridos tuppernautas, dijo aquel talentoso novelista ruso: “El secreto de la felicidad no es hacer siempre lo que se quiere, sino querer siempre lo que se hace”. Y hoy yo no sé si quiero lo que hago ni lo que quiero hacer; realmente no lo sé. Pero sí sé lo que no quiero. No quiero mirarme de nuevo en el espejo y no reconocerme. 

Afortunadamente siempre habrá un mañana para volver a empezar. Y mañana, queridos tuppernautas, será otro día. Otra hoja en blanco en la que escribir una nueva historia. El comienzo de un cuento que encuentre su anhelado final feliz. La “princesa prometida” de mi propio cuento, por qué no. En ocasiones, se nos olvida que debemos ser los auténticos protagonistas de nuestra propia vida, de nuestro cuento. 

En estos momentos de gran incertidumbre es cuando más sueño y deseo encontrar a mi “ángel de la guarda”. Mi guía y mi escudo protector. Cuánto necesito su consejo y el calor de sus alas. Cual Fuyu en mi historia interminable me mostraría el cómo hacerlo, surcando los cielos. Cual tortuga Casiopea me marcaría el cuándo y rescataríamos todo el tiempo perdido y robado. 

A lo mejor solo soy una estúpida idealista que todavía sigue creyendo en los cuentos de hadas y en que los sueños se pueden hacer realidad. 

Mis queridos tuppernautas, esta estúpida e ingenua idealista no sabe ni cómo ni cuándo será, pues la página rota aún no está arrancada. Hoy estoy cansada. Es cierto. Pero mañana, mis queridos valientes, mañana será otro día.


PD: “Resistirse al cambio es ir en contra del fluir natural de la vida”, Lev Tolstói. 






lunes, 4 de febrero de 2013

Diario de una tuppernauta en tiempos de crisis

Queridos tuppernautas:


En épocas de incertidumbre e inestabilidad, muchos han aprendido a ver oportunidades. El mejor ejemplo de ello lo encuentro en Japón. La palabra crisis en japonés (危機=kiki) está compuesta por los caracteres 危 (peligro) y 機 (oportunidad). Y es que los japoneses siempre han intentado hallar la mejor manera de buscar algún beneficio ante las situaciones complicadas.

Desde este pequeño gran supertupper, yo deseo de todo corazón que la terrible crisis que estamos viviendo en estos momentos, se acabe convirtiendo en un hervidero de oportunidades para todos los luchadores que no nos rendimos nunca. A pesar de los innumerables obstáculos, siempre podemos encontrar alguna luz, una puerta, varias ventanas y, sobre todo muchas manos que nos sujetan para no caer o que nos ayudan a levantarnos del suelo, cuando irremediablemente nos hemos caído. Siempre. 

El pasado miércoles comenzó una nueva etapa. Un cambio -en apariencia- inesperado y repentino. Un cambio tal vez necesario -ya se verá-. Os explico: 

Hace ya más de ocho años que trabajo para una reconocida multinacional sueca dedicada a la venta minorista de muebles y productos para el hogar y la decoración. La sección de Plantas y decoración fue mi primera "estación". Allí comencé a dar mis primeros pasos como coworker (o "vendedora"). Un trabajo que -como muchos que estudiábamos por aquel entones- contemplaba como algo temporal, de pocas horas por las tardes, y que podía compaginar perfectamente con mis estudios en la universidad. 

Así pasaron los meses y no lo pude evitar. Me cautivó. Me cautivaron todas las personas que formábamos parte de ese gran equipo, y sin saber cómo, ni el porqué, ni para qué... lo que en un principio iban a ser solo unos cuantos meses, casi sin darme cuenta se han convertido ya en ocho años y cuatro meses -¡madre mía!

Sin embargo, no hace falta que os recuerde -queridos tuppernautas- que hoy las cosas no andan bien, ¿verdad? Como era de esperar, también la crisis económica ha entrado por sus puertas, y no se están cumpliendo los objetivos de venta. Los ingresos no están siendo los deseados, así que una de las medidas tomadas como solución ha sido la de reducir los costes de personal. Como empresa actúa según su naturaleza... No hay reproches y que quede claro que con esto no pretendo juzgar a nadie, pues aquí no hay ni "buenos" ni "malos". Hay solo circunstancias y diversas interpretaciones. Somos nosotros mismos quienes decidimos cómo queremos verlo. 

Y yo lo acepto. Lo intento hacer cada día, pero... es inevitable. Una atmósfera de incertidumbre me envuelve en estos momentos. 

Ahora... Dudas de todo tipo y miedo. Miedo porque -queridos tuppernautas- no sé qué es lo que puede suceder mañana, ni me lo quiero imaginar.

Ahora... Me pregunto a mí misma cada noche -en silencio y perdida en mis pensamientos, al repasar cada secuencia del día, reparando en mis errores-: "¿Cuál será el siguiente paso? ¿Qué me depara el futuro? ¿Es este el comienzo del final?"

Queridos tuppernautas, hoy vuelvo a mezclar sensaciones, a encontrar sentimientos de ayer que creía olvidados. Impotente intuyo como vuelve el ayer y, confundido el hoy, se asusta el mañana. 

Ahora más que nunca, queridos tuppernautas, necesito unos cuantos abrazos... Abrazos de esos de más de dos minutos :-).